miércoles, 23 de febrero de 2011

Alberto Collantes: Bufones 23-2-11



Antonio. Tengo al mundo por lo que el mundo es, Graciano: un escenario donde todo el mundo juega un papel; el mío es triste.
Graciano. Yo haré el papel de bufón; que nos salgan arrugas de risas y buen humor; prefiero calentar mi hígado con vino que helar mi corazón mortificándolo”.
(El mercader de Venecia. Todas las citas son de William Shakespeare.)


Los falsos bufones

Los bufones, a lo largo de la historia, tanto literaria como de la propia humanidad, son personajes de una lucidez extraordinaria, que juegan un papel de contrapunto del señor que los paga, a los que interpelan con verdades como puños.
No es mi intención hacer proselitismo a favor de ningún partido, ni denigrar tampoco a ninguno. Porque sería fácil hablar del caso Gürtel. O del caso Camps. O del caso de las basuras de Orihuela o del barrio de Moratalaz. O de la oscura recalificación de terrenos en zona verde en Torrevieja. O de la otra recalificación en la zona norte de Tres Cantos, al amparo de la barbaridad y el atentado ecológico que supone montar la Ryder Cup en la zona del arroyo de Tejada, que acabarán desecando. Claro que no deja de sorprender la chulería del votante que se siente orgulloso de los chorizos de turno, solo porque son de los suyos.
Pero sí habrá que recordar el repetido intento de tapar el desarrollo de la Ley de Memoria Histórica, aunque para eso se ataque a las instituciones democráticas que deben estar por encima no del derecho a la legítima defensa, sino de la mentira y el falso testimonio, poniendo en solfa a la Policía, a la Guardia Civil, a la judicatura y al lucero del alba si fuere necesario. Con un juez instructor, garante del proceso legal, que instruye y apoya a la acusación, algo insólito en el respeto y cautelas de la ley. Y atacando despiadada e ilegalmente al juez Garzón, con el concurso de expertos en leyes que deberían tener más sentido de la ética del derecho. Sobre estas actuaciones sobrevuelan fuerzas poderosas, grises y azules, que no tienen interés en restañar heridas.
Porque el derecho a enterrar a los deudos es un derecho sagrado en cualquier sociedad y en cualquier civilización. Pero aquí, no; en este país de conejos que es Hispania, no. Resulta denigrante, doloroso y angustioso ver cómo, en la España de pandereta, se ha conseguido expulsar a Garzón, para ser acogido y respetado ante el estupor de otras instituciones supranacionales. Al juez que empapeló a un cartel de la droga, a miembros de ETA, al GAL, a Pinochet… Qué sé yo, que se ha limitado, a lo largo de su dilatada y limpia carrera, a perseguir el delito donde y cuando se producía en todas las multiples formas en que se desarrolla la vulneración de las leyes que hacen posible la convivencia democrática.
Para eso valen los nuevos bufones de la prensa actual, lejos de cualquier atisbo de humor: para denigrar, atacar y desprestigiar con muy malos modos, muy poca estética y ninguna ética. El periodismo posee un factor positivo y poderoso, que es la pedagogía. La generación del cuarenta aprendía, y mucho, leyendo las páginas de los periódicos o escuchando las emisoras de radio en los sesenta, en un esfuerzo colectivo y positivo. Ahora, no. En la actualidad se trata de sembrar confusión, de embarullar la legítima acción de la justicia. En definitiva, de atormentar la mente del ciudadano bienintencionado, de cabrearle por la mañana temprano, aunque para eso haya que inventar titulares a cinco columnas que son verdaderos sofismas.
Una parte importante de esta actividad negativa para la sociedad se desarrolla, para escándalo del creyente, desde las ondas de la radio de los obispos. Sin mesura, sin cordura, sin ternura. En la escuela de pago de los años cincuenta se estudiaba el catecismo del padre Astete, y en la escuela gratuita, el del padre Ripalda. Allí memorizamos que el octavo mandamiento es no levantar falsos testimonios ni mentir. Nuestros infantiles conocimientos solo intuían eso de los testimonios, pero sí sabíamos qué era la mentira. Pues bien, en esas afirmaciones, más propias de Losantos que de los santos, no aparece por ningún lado el mensaje vigente de Jesucristo. Ni tampoco el imprescindible ejercicio de la caridad a que hacía referencia el papa Benedicto cuando ascendió al cargo en Roma.
Encabezados por Pedro J. y rodeados por peones de brega que no dan la talla, tenemos cinco casos preclaros. Ni los unos ni los otros serán nunca candidatos al Premio Salvador de Madariaga, que reconoce “el rigor, la calidad y la pedagogía presentes en trabajos periodísticos”. Quizá a los jóvenes que empiezan les sirva de disculpa que son hijos de la intertextualidad, apoyados en Internet, y, por tanto, entienden la escritura adormecidos, recostados y aún no han soltado las andaderas o el tupperware.
El enorme, divertido y crítico bufón Boadella ha venido a Madrid, al amparo del Canal de Isabel II y de la señora marquesa: vivir para ver. Parece que ya no queda nada del Albert que zarandeaba, siempre con el humor de por medio, al poder y a Jordi Pujol en Barcelona.
Juan Manuel de Prada, premio Nacional de Narrativa y premio Planeta, nada más y nada menos. Es el que menos ha descendido al nivel de la invectiva, nobleza obliga, para poder vivir de lo suyo, que es la literatura. En Como gustéis hay un diálogo entre Rosalinda y Jaques: “–Dicen que sois un individuo melancólico. –Cierto, prefiero la melancolía a la risa. –Los que se hallan en cualquiera de los dos extremos son seres despreciables y se exponen a que cualquiera les critique más que a los borrachos”.
Sánchez-Dragó, premio Nacional de Ensayo y premio Planeta, en sus penosas apariciones televisivas, toma ejemplo del bufón del Rey Lear: “Esta es una buena noche para enfriar a una cortesana. Antes de partir haré una profecía: Cuando los sacerdotes prediquen más con palabras que con obras, cuando los caballeros sean tutores de sus sastres, no habrá hoguera para los herejes, sino para los aficionados a las jovencitas. Cuando los pleitos se lleven a cabo como Dios manda, habrá gran confusión en el reino de Albión”.
Hermann Tertsch. Sólo hay en la Unión Europea cuatro o cinco personas que sepan tanto como él de la historia del siglo XX en Europa. Sin embargo, emprende el camino televisivo en su afán obsesivo por demostrar la conexión etarra en los atentados de Madrid. Como todos, él sabe que su prima Ana Palacio, ministra de Exteriores, tuvo que escuchar una protesta formal en las Naciones Unidas, cuando le dijeron que con el terrorismo no se especulaba, que el terrorismo internacional es una cosa muy seria. Y sabe que en el mensaje televisado la tarde del atentado, el Rey nunca mencionó a ETA. Pero Hermann sigue creyendo en la conexión, probablemente convencido de esa falsa posibilidad, mientras el entonces ministro del Interior, Acebes, ha salido indemne políticamente de su responsabilidad ante el ciudadano.
José Antonio Zarzalejos, director de Abc caído en desgracia, honrado y sensato hombre de derechas, también fue defenestrado del diario nocturno de Telemadrid, en una prueba de la toma de poder por la derecha extrema de este país. Al día siguiente de su salida de Abc –o en el posterior cambio de Ángel Expósito por Bieito Rubido, que para el caso da lo mismo porque se trata de bajar el listón hacia la zona oscura de la mediocridad– se duplicó la publicidad en el diario conservador.
Lo triste para el ciudadano de a pie, preocupante para la sociedad europea y alarmante para la democracia española es olfatear e intuir que estos sembradores de inquietud, con la pluma al servicio de la derecha extrema, frenan a la derecha civilizada con mayoría en la Unión Europea. Porque lo que necesita el mundo, aquí y ahora, en este momento de crisis, es un rearme moral, con más ética y más estética, más pedagogía y menos insulto, más verdad y menos mentira y falsos testimonios. Desinformar e irritar no es hacer periodismo serio y con rigor.
Entre los anteriores, hay algunos intelectuales. El lector sabrá colocar a cada uno donde corresponda. Pero esta actuación lamentable, esta filosofía negativa, esta tendencia hacia lo estéril, conduce a comprobar que a la derecha ya no le quedan intelectuales. No queda muy claro si esta miseria es implícitamente deliberada o explícitamente reclamada por quienes les pagan, bien sea desde la FAES o desde el moderno feudalismo. Pero el caso es que da la impresión de que los nuevos bufones, los falsos bufones, carentes de humor, tienen una actitud más propia de lacayos que de críticos con el poder. De críticos con todo el poder, y no solo con todas las baterías emplazadas hacia la izquierda y todas las murallas del castillo feudal amparando a la derecha.
Para no abusar de la paciencia del lector, una última cita de Noche de Reyes: “Ciertamente no, señor; a la señora Olivia no le gustan las locuras de los bufones. En realidad no soy su bufón, sino su corruptor de palabras”. A eso se dedican deliberadamente Pío Moa y César Vidal, sugiriendo e intercambiando ideas machistas cavernarias, como si fueran cromos, con Sostres y el alcalde de Valladolid. Y a eso se dedican, quizá inadvertidamente, los casposos y futboleros: a corromper las palabras con vidas ejemplares como la de la princesa de San Blas, testigo de cargo de las trituradoras ruedas de la moderna Inquisición. Y en el caso de los futboleros, para demostrar, día a día, que dos de cada diez cronistas o gacetilleros parecen enamorados de Cristiano Ronaldo y otros dos de Mourinho. Trufado todo, a diario, con ejemplares patadas al diccionario, ausencia de normas gramaticales y supresión de la prosodia.
Espoleados todos ellos por el ejemplo de Mariano Rajoy, con programa desconocido e intenciones para gobernar España que no van más allá de la mediocridad de sus insultos (más de 30 invectivas le contabilizó Juanjo Millás en el Congreso dirigidas al presidente del Gobierno). Podría hablarnos de las recetas para la crisis de Paul Krugman, o de Milton Friedman, o de la Universidad de Stanford o de la de Harvard; pero solo pone como paradigma a los “tigres celtas” de Irlanda, que, como sabemos, han abocado a su país a la ruina.
En definitiva, parece que, en la actualidad, el bufón no provoca a su señor, sino que le regala el oído; que abandona la pedagogía, el humor y la filosofía y se limita a la simple pobreza del insulto; que, en un círculo ampliamente vicioso, utiliza la mentira como argumento para levantar falsos testimonios, o los falsos testimonios para sostener la mentira. Entonces el bufón no es bufón, solo es un lacayo o un corifeo. Hay, pues, demasiados bufones que solo se ocupan, algunos muy bien pagados, de crispar, enfadar e irritar al ciudadano pacífico. Son los falsos bufones.

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